Soñadores de Bernardo Bertolucci: Erotismo, rebeldía y libertad

Desde hace algún tiempo Sundance TV está emitiendo regularmente en su programación Soñadores, película de Bernardo Bertolucci y, aunque ya en 2003 tuve la oportunidad de asistir a su estreno en cartelera, he vuelto de nuevo a disfrutar del vigor narrativo y el talento creador que encierra el filme.

Recuerdo perfectamente lo interesante que en su día me resultó la cinta, el buen sabor de boca que me dejó su visionado, pese a la sensación de cierta incapacidad por mi parte a la hora de captar el verdadero significado implícito de determinadas citas y alusiones fílmicas incluidas en alguna de sus escenas. Lo que no sospechaba en absoluto es la efervescencia de ideas y la profusión de sentimientos que esta nueva visualización iba a suscitar en mí; sentimientos oscilantes entre la euforia entusiasta y cierto apabullamiento formal.

El espíritu de Mayo del 68

En cierto modo, la película constituye un intento de Bertolucci para verter en la pantalla la fuerza colectiva y el ímpetu libertario que caracterizarían el espíritu de 1968.

Ya los sucesos históricos que precedieron a aquel año fueron tremendamente convulsos y abonarán el terreno para que se desatara un movimiento contestatario que tendrá alcance global. Acontecimientos como la revolución cubana y la guerra de Vietnam o, más concretamente en Francia, las guerras de Indochina y Argelia, propiciarán la aparición de las consiguientes revueltas contestatarias que cristalizarían en lo que fue dado en llamar como Mayo del 68.

Es en este periodo cuando finalmente estalla el espíritu rebelde e inconformista de una juventud gala hastiada del ideario político y modelos sociales impuestos por sus mayores. Ebullición ideológica que se reflejará en la dureza y violencia de unas protestas que a su vez terminarán contagiándose al resto de la juventud a nivel mundial.

En concreto, Soñadores pone el foco en los altercados y protestas que tienen lugar en París con motivo de la destitución del director de la Cinémathèque, Henri Langlois, por parte del entonces ministro de cultura, André Malraux. Los aficionados cinéfilos se rebelan contra esta decisión despótica, lo cual se traducirá en una tremebunda violencia callejera reflejada en la pantalla con excepcional viveza y pulso narrativo. De algún modo, es como si Bertolucci se hubiera dejado impregnar por el espíritu rebelde y libertario de aquel periodo en el momento de realizar la película.

En mitad de este escenario tan violento y destructivo, pero también de camaradería entre los manifestantes, será donde el personaje principal Matthew va a encontrarse con los dos singulares hermanos protagonistas, sellando con ellos su amistad y dando inicio a la trama principal del filme.

La secta de los cinéfilos

Bertolucci parece que disfruta al plasmar con indisimuladas dosis de idealismo la conducta idólatra de la juventud cinéfila del París de finales de los sesenta. Este afecto manifiesto de los jóvenes hacia figuras icónicas del séptimo arte podía sobrepasar en ciertos casos la mera afición para llegar a alcanzar una actitud cercana a la auténtica veneración:

Muchachos y muchachas que pasan horas ante la pantalla consumiendo películas de todo tipo; jóvenes con la habilidad de rememorar al completo determinadas escenas y líneas de diálogo como especie de fetiches con el don de proporcionar un sentimiento de pertenencia; asiduos a la Cinémathèque que son capaces de reconocerse furtivamente entre ellos, en un tipo de relación muy cercana a la que puedan tener las sectas o logias. Así lo confiesa el mismo protagonista en un determinado momento: “Éramos una especie de secta”.

La afición al cine pasa a convertirse de este modo en una suerte de distintivo del individuo que en cierta manera lo posiciona ante la vida tanto vital como políticamente. Por eso tendrá tanta repercusión el despido de Langlois, desencadenado una serie de altercados que serán la antesala al cataclismo de Mayo del 68.

Los protagonistas de Soñadores no son ajenos a esta filia cinéfila como lo demuestra el peculiar juego que, a modo de quiz, Isabelle va a ir proponiendo de manera habitual a su joven invitado, conminándole a adivinar a qué película corresponde ya sea cierta línea de diálogo o bien una determinada colección de gestos y ademanes que Eva Green ejecuta con su admirable talento.

Este entretenimiento de Isabelle va a servir como pretexto al director para hacer un verdadero alegato de amor hacia el cine. Para ello recurre a lo largo de todo el metraje a la inclusión de fragmentos de filmes clásicos que funcionan como referencias cinematográficas a modo de homenaje al séptimo arte. Será así como discurran ante nosotros las imágenes en blanco y negro de clásicos fundamentales en la historia del cine: Secuencias icónicas de Sombrero de copa, La parada de los monstruos o Banda aparte fluyen en la pantalla como surgidos de la sombra onírica de algún sueño enfermizo.

El triángulo amoroso

Habría que resaltar el papel crucial que dentro de la trama desempeñará el apartamento, el piso donde junto a sus padres habitan los hermanos protagonistas, la vivienda donde transcurre la mayor parte del filme.

Bertolucci consigue una ambientación magistral que trasmite con destreza el clima misterioso, ilusorio, insano que circunda toda la casa. El director sabe conducirnos de forma hipnótica por sus intrincados pasillos, introduciéndonos furtivamente en los diversos aposentos (dormitorios, aseos, bibliotecas) cada uno con su propia luz, ambiente y personalidad. La experiencia del espectador se vuelve tan intensa e inmersiva que desde el primer momento queda atrapado por el discurrir de los acontecimientos.

La casa se convierte así en un personaje más de la historia, lugar donde acontecen algunas de las escenas más relevantes y turbadoras de la película. Queda claro que una vez Matthew franqueé la puerta de la vivienda nada volverá a ser lo mismo en su vida.

Será en el interior del apartamento donde se dibuje el perfil de un atípico triángulo amoroso que, a fin de cuentas, va a constituir la base argumental de la peripecia que cuenta la película y cuyo vértice principal es Isabelle, interpretada por Eva Green -apuesta personal de Bertolucci tras descubrirla en las tablas teatrales francesas- con una caracterización de su personaje que brillará por unos matices tan fascinantes y delicados como creíbles.

Partiendo del nacimiento casual de la amistad entre los tres jóvenes, su relación va a ir evolucionando a lo largo del filme transitando por la senda de la intimidad y el apego más estrechos, hasta descubrir un universo de vínculos emocionales hasta ese momento desconocido para los protagonistas. En el fondo, y admitiendo sus tintes incestuosos, nos hallamos ante una historia de gran emotividad que expresada en la pantalla transmite verosimilitud pese a su insólita premisa de partida.

Finalmente, creo justo señalar que, aunque eclipsada aparentemente por otras obras mayores –El último tango en París, Novecento, El último emperadorSoñadores no desmerece a ninguna de sus predecesoras y que, muy al contrario, no erraríamos si la consideramos entre las más logradas y representativas películas del director italiano.

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